Hubo una temporada de mi vida en la que me costaba bastante comer. Era, en palabras de mi abuela, un asqueroso.
Supongo que para fomentar mi espíritu competitivo, a veces me sermoneaba en la mesa del comedor sobre lo bien que comía tal compañero de clase, o tal amigo de la calle. Que me tendrían que cambiar de casa, para ver si yo comía así de bien.
Si mi abuela ve la cara de entusiasmo de estos perros al ver la galletita, creo que el pienso pasará a formar parte fundamental de mi dieta.