Quien me conoce, sabe que no soy nada cafetero.
Si quedo con alguien para tomar un café, me acabo tomando un zumo. Aunque si nos ponemos rigurosos, cuando quedo para tomar una cerveza, también acabo con un zumo en la mano.
Aún así, hay cierta personilla que lucha a diario por conseguir que cuando nos tomemos un café, me tome un café.
Primero lo intentó con la palabra.
Visto que no funcionaba, un buen día pasó a la acción pidiéndome un café y dejándome con la boca abierta a medio “yo quiero un zu…”.
Pero tampoco se lo puedo reprochar, era un café con leche descafeinado de sobre con hielo. Es decir, un vaso de leche al que espolvoreó ligeramente un chorreoncillo de café (descafeinado).
La experiencia tampoco fue traumática, para qué engañarnos. De hecho, me reí mucho por la situación de tener que aceptar que estaba bueno, aún con la cara de morros que intentaba mantener. Y es que el orgullo es el orgullo.
¿Y a qué viene todo esto?
Pues a que a las cosas, si se hacen con gracia, no se les puede decir que no.
Y si a mí me preparan el café así, me tomo uno cada mañana.
Por cierto, me encanta esa musiquilla.
(vía)