Tengo un curioso sueño que se ha ido repitiendo a lo largo de toda mi vida. No llega a pesadilla porque no provoca ningún tipo de miedo, pero sí el malestar suficiente como para despertarme y tener cierta huella de desorientación.
En el sueño me veo de niño subiendo una calle bastante pronunciada, con casas a ambos lados que mantienen la misma inclinación. Mientras ando voy pensando en cómo se lo hará esa gente para vivir sin estar tropezando constantemente, sin que todos los objetos móviles se vayan acumulando en la zona más baja.
Conforme sigo subiendo la inclinación se va haciendo mayor, así como mi esfuerzo por llegar a un lugar que desconozco. Empieza a ser como subir una escalera, pero sin escalones. Empiezo a sentir un vértigo que me empuja a buscar sitios donde cogerme en caso de tropezar. Tengo miedo a caer y rodar, rodar sin parar. Aún así, sigo subiendo.
Llega un punto en que necesito usar las manos para seguir subiendo. En algunos de los sueños (quizás en todos), una señora mayor cae por la cuesta y pasa deslizándose a mi lado. No puedo decir que intento ayudarla porque no lo recuerdo. Sólo sé que sigo mi ascensión, que ya se ha convertido en escalada.
Lo último que recuerdo del sueño es que la inclinación va convirtiendo la calle en una pared casi vertical, y ni mis manos ni mis pies (que resbalan en la acera) son capaces de tenerme agarrado al pavimento. Es entonces cuando caigo, y supongo que cuando me despierto.
No es una pesadilla, pero es un sueño incómodo: caer y no parar de rodar.
Siempre recuerdo esta historia cuando veo fotografías de las típicas calles inclinadas de San Francisco, como la realizada por Håkan Dahlström. Para potenciar el efecto visual de lo pronunciadas que llegan a ser, optó por torcer la cámara hasta la pendiente de la calle.
Y si la curiosidad os puede, aquí tenéis la fotografía con la pendiente real:
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