Uno se rinde ante la evidencia de que nuestro mundo se viene a pique cuando lee que un portátil de doscientos ochenta euros, un precio más que aceptable, pasará a valer doscientos euros más por el mero hecho de llevar estampado en su chasis un diseño de una tal Vivienne Tam, diseñadora, o lo que sea.

Me viene a la cabeza una de las muchas charlas que suelo tener con dos grandes amigos (uno ahora en la India, así que tendremos que esperar un tiempo para la siguiente), intentando arreglar el mundo ante un gran plato de pasta, o quizás un simple zumo.
Entre muchos otros temas, nos preguntábamos porqué un mismo producto podía variar tanto de precio, según dónde se comprara. Todo venía a raíz, creo recordar, de haber pagado una fanta y unas bebidas con té a precio de un Chateau Latour del setenta y seis, allí delante del Coliseo.
El caso es que en estas situaciones, las variaciones de precio vienen justificadas por algo tan sencillo como es la inmediatez para cubrir la necesidad. Un botellín de agua puede costarte tres euros en una discoteca, porque no vas a salir de allí, caminar hasta tu casa, y echar un trago. Lo mismo con nuestro querido Coliseo. En la paradita de delante te soplarán cuatro euros, respecto a los tres que costará en los bares de alrededor, dos en las calles del centro de Roma, y nada si te das una vuelta y buscas una fuente. Haber estado antes ahí, majo.
Pero ya es distinto cuando ese agua es más cara por el valor añadido de su marca. Que la bebe Beyoncé, o que se baña en ella para que su piel esté tersa y suave como el culito de un bebé. Es entonces cuando entra en juego el grado de ingenuidad de los compradores, entre los que me incluyo, no vayan a pensar.
Y es entonces cuando ves a tu vecino luciendo camiseta de dudosa calidad pero muy elevado precio por llevar cierto símbolo sobre el pecho.
O nosequién lleva un complemento de lo más exclusivo de tal diseñadora, que le ha costado treinta veces más que el mismo trasto sin la dichosa firmita. Porque la creativa de marras ha dedicado tiempo y esfuerzo a parir semejante obra de la naturaleza, y por lo tanto es un gasto justificado hasta el último céntimo, no lo duden.
Normal que entonces vea un ordenador con una mariposa estampada, y su precio sea casi el doble que sin ella. Casi que ya me veo luciéndolo por la calle y gritando a todo el mundo, con ojos risueños y sonrisa profidén, que disfruto de la compañía de una creación, qué digo una creación, ¡un vástago! de Vivienne Tam.
Porque yo lo valgo.
Pues si!
Yo por eso compro en los rastros!! Tanta gilipollez con los diseñadores y tonterías ooojj…
Yo siempre he pensado que la gente que tiene que gastarse la pasta para vestir o llevar “Looks Cool” (con la boca abierta y la lengua pegada al paladar), es porque no tienen la gracia suficiente para ir guapa/o por 4 duros!
Ala a cascarla!